martes, 22 de diciembre de 2020

La NAVIDAD. Consideraciones antropológicas

 



En diciembre de 2018, IESE Madrid me invitó a pronunciar una conferencia que mostrara los aspectos más universales de la Navidad. Las notas para aquella exposición y algunos textos previos dieron lugar a estas consideraciones que ofrecí a mis amigos; ahora a todos.


La Navidad

Para mis amigos, crédulos e incrédulos

 

De entre todas las dimensiones antropológicas de la Navidad he tomado cuatro para su consideración:

la noche, la infancia, la casa y los tesoros.


La noche 

La Navidad es una festividad nocturna. No se trata solo de que sus celebraciones centrales sean Noche Buena, Noche Vieja y la noche de Reyes, o de que sus galas públicas y domésticas luzcan sobre todo de noche y conviertan a los días en vísperas. Es que se celebran en el centro del dominio de la noche, en el solsticio de invierno, cuando la noche extiende todo su poder sobre los días más breves. Por eso me parece que se entiende mejor la Navidad al hacerse cargo de la simbología universal de la noche.

Nuestras sociedades nos han vuelto muy ajenos a obviedades que fueron cruciales para la existencia del hombre. Nos cuesta imaginar, por ejemplo, el efecto que la llegada de la noche producía –y produce- en cualquier lugar donde el hombre todavía tiene motivos para temerla. Durante milenios y desde el principio de la existencia humana, el frío y la oscuridad nocturna diferenciaron netamente el tiempo de la vida dividido en dos partes opuestas. Mientras que el día hacía habitable el mundo al que se podía salir, la noche exigía volver y ponerse a cubierto, buscar abrigo y velar juntos el sueño.

La humanidad no habría poblado la totalidad del planeta y seguramente no habría superado el poder de la noche sin la domesticación del fuego que permitió vencer el frío, la oscuridad y la indefensión ante las bestias. Inconscientemente, el hombre revocó los efectos de la rotación y traslación del planeta al vencer el invierno, el frío y la oscuridad nocturna que cada día regresaba todo al caos peligroso y confuso. Y de ahí que el hombre haya padecido desde el principio lo que la pediatría define como una alteración infantil del sueño: terrores nocturnos.

La noche misma es el escenario natural del terror y el tiempo de la inquietud. Por el contrario, la continuidad, duración y profundidad del sueño parece ser la ventaja evolutiva que permitió un mayor desarrollo neurológico entre los homínidos. En cualquier caso, lo cierto es que la noche iluminada por el fuego es la señal de la civilización humana y de que en el mundo ya no todo es intemperie. Nuestras viviendas siguen siendo los lugares del fuego, el «hogar», donde nos protegemos del frío, la oscuridad y la indefensión. La Navidad incluye la celebración de todo eso: en el centro de la noche, cuando el mundo es menos amistoso y más inquietante, podemos sobrevivir juntos y celebrarlo velando la vida y el sueño de los nuestros.

La Navidad guarda en su seno, pues, una celebración elemental: tenemos cobijo y no estamos solos. Pero hay debajo de ésta otra razón todavía más primordial. Para identificarla merece la pena no olvidar la mitología grecolatina que identificaba a la noche, Nix, como hija de Caos y madre de unos gemelos: Hipno, el sueño, y Tánato, la muerte. Y es que, en efecto, lo que nos «aterra» sobre cualquier otra cosa es lo que nos derrumba en tierra, y eso es lo que significa ‘cadáver’, lo caído, pues nada espanta más que la noche y el frío perpetuo del sepulcro. Ahí abatidos tenemos que dejar a los nuestros, rodeados de un frío y una oscuridad sin solución que ya no podemos vencer. He ahí la fuente de todo terror nocturno, y he ahí también lo que ha de conjurar la Navidad.

Pero, si la ausencia de los muertos es invencible, no lo es la de los vivos. Poder volver es poder volver a empezar, pues justo cuando la noche parece haber vencido al día, éste empieza a recobrarse y hacerla retroceder. Ahí empieza de nuevo la vida y su tiempo, sus días y sus años. Y eso es también lo que se celebra: poder volver a estar juntos en el principio. Es decir, estar vivos y reunidos en el calor y la luz de una noche vencida, burlando una ausencia que todavía no ha salido victoriosa. De ahí, la vitalidad dispendiosa que transforma la necesidad en libérrima abundancia, en fiesta. De ahí los cantos y bailes y los silencios que dejan celebrar la mutua presencia de los que pueden compartir un hogar: un mismo lugar templado por el fuego en el centro mismo del poder de la noche, que todavía no ha logrado su victoria. Por eso, en Navidad hiere renovadamente la ausencia de los que ya no pueden volver, o simplemente de los que no vuelven.

Pero, más todavía, en Navidad la noche deja de ser el escenario del terror para convertirse en la ocasión de las bienaventuranzas nocturnas, de las ilusiones y colmos inesperables: el escenario encantado de los regalos y las sorpresas que son lo contrario que las amenazas. Así que poder celebrar la Navidad es poder disfrutar todavía de la vida de los demás y de la propia, y estar dispuesto, a pesar de todo, a dejarse sorprender, a dejarse regresar a lo elemental, apreciar su valor y festejarlo.

Por eso hay un fondo de humanidad universal en la celebración de la Navidad y en su representación mediante el nacimiento a la intemperie de un Niño, apenas amparado por sus padres y unos desconocidos sin más hogar que el fuego encendido. Todo ello lo podemos celebrar juntos todos los hombres de buena voluntad. A este respecto los creyentes solo se distinguen de los demás en que creen que todo eso es sencillamente verdad: que la noche ha sido realmente vencida, que hay motivos para una felicidad jubilosa, que los Reyes Magos existen, que tras las pesadillas los sueños traerán buenaventuras inesperadas, que el regalo más inaudito e inimaginable tendrá lugar, porque el Niño nacido es el mismo que dejará su sepulcro vacío, abatiendo del todo y para siempre el poder de la noche.

Se entiende que fijaran la celebración de la Navidad sobre la fiesta judía «de las luces» y la romana del «Sol invicto», es decir, de la luz y el calor que no se apagan. Tal vez por eso se encienden luces y llenamos nuestras ciudades y casas de destellos que parpadean para ayudarnos a creer que todo eso es verdad, que ocurrió, por increíble que parezca.

 

La infancia

Durante milenios los ancianos –que eran muy pocos sobre el conjunto de la población- ocuparon el centro de las referencias culturales y de los sistemas sociales. Los jóvenes se dejaban barbas y vestían de modo que disimulara su juventud porque era la experiencia lo que concedía  crédito y relevancia social.

Lo anterior pone de manifiesto hasta qué punto las edades de la vida son objeto de valoraciones históricamente diversas. También ha ocurrido con la juventud: en sus memorias Zweig cuenta cómo a principios del siglo XX sus compañeros de estudios dejaron de intentar parecer mayores y empezaron a verse a sí mismos como jóvenes. Empezó a extenderse la práctica del deporte, el gusto por la velocidad, los bailes no tradicionales y la informalidad en los atuendos y el lenguaje. Aparecieron las juventudes políticas (por cierto, más proclives a los totalitarismos que a las tibias democracias), las estrellas y celebridades de la naciente cultura pop.

Desde entonces y aunque hoy hay menos jóvenes que nunca –o, tal vez, también por eso-, la juventud se ha convertido no ya en una cualidad casi indiscutible por sí misma, sino en objeto de idolatría. Y contra toda lógica preferimos políticos, directivos y profesionales jóvenes como si la falta de experiencia siempre fuera más un potencial por definir que una ignorancia por despejar. Recuerdo la mordaz ironía de un querido profesor que presentaba a sus jóvenes doctorandos como los autores con más futuro…, para agregar de inmediato, “y con menos pasado y apenas presente”. La broma deja ver que la juventud exaltada hasta su límite conduce a la infancia como paradigma: nadie con más futuro y menos pasado que el niño. De ahí, me parece a mí, el infantilismo de fondo que implica la sumisa exaltación de lo juvenil.

Pero en la medida que la infancia tiene todo el futuro por hacer, se convierte, por paradójico que parezca, en la perfecta encarnación del pretérito, es decir, una reliquia viviente del pasado genérico. El primero en sugerirlo fue Rousseau, el introductor de la admiración por lo infantil en nuestra tradición pedagógica (pese abandonar a sus cinco hijos). Para Rousseau el niño es lo más parecido al estado de naturaleza original que tenemos a la vista, tal vez junto con los pueblos primitivos que son como la infancia de la especie humana. En ambos brillaría la inocencia previa a la depravada civilización.

Freud ratificó el vínculo entre infancia y culturas primitivas pero asoció ambas con las psicopatologías. De manera que sería debajo de la civilización y de la madurez, en la rusticidad pulsional y en los traumas infantiles respectivamente, donde habría que buscar el foco patógeno de nuestras psicosis así como el origen oscuro y olvidado de la culpa que nos angustia.

Y ciertamente en la infancia de alguna manera misteriosa está latente no solo todo el futuro potencial, sino todo el pasado olvidado de la especie humana. En cada niño renace realmente la humanidad en su conjunto, todo empieza de nuevo y hasta es posible que las culpas del hombre no le dobleguen y los futuros más compasivos se hagan realidad. Eso es lo que la tradición cristiana llama la plenitud de los tiempos: el nacimiento de un Niño pobre de una nación sometida capaz de hacer nuevo el pasado y el futuro de la humanidad. Y ahí todos podemos celebrar la Navidad porque ya sea desde la fe en Dios hecho hombre o en el renacer de lo humano, la infancia y el nacimiento continuo de lo humano permiten no apagar la esperanza en el hombre.

Para los creyentes, además, ese Niño entraña el misterio de la infancia sin infantilismo como perfección de todas las edades de la vida. Tal vez sea porque nuestra vejez se ha hecho tan extraña a la infancia por lo que ya no la sabemos entender. Y es que solo los niños o los que no han matado del todo su infancia y la inocencia como hizo Herodes, pueden dejarse transportar por las luces, los dulces, los cánticos y las reuniones navideñas para revivir la calidez de la existencia al alcance del abandono filial de los niños. Recrear esa calidez para otros es una forma doméstica de hacerse como niños y poder recibir los dones misteriosos.

Pero entre la infancia y la Navidad hay otro vínculo esencial. De hecho, la Navidad ha formado parte principal del descubrimiento de la infancia. Puede parecer extraño, pero lo cierto es que la infancia no había supuesto un momento esencial de lo humano hasta entonces. Ni en la mejor historia del pensamiento, con Sócrates, Platón y Aristóteles a la cabeza, ni en la historia de las religiones, ni en la del derecho, ni en la del arte había merecido la infancia un estatuto semejante al que nosotros le reconocemos. Sócrates despide a su mujer y su hijo en el momento de su muerte para vivir esos últimos instantes con sus amigos: “que alguien se los lleve”, le pide a uno de sus amigos refiriéndose a su mujer y su hijo. Aristóteles admite el infanticidio en determinadas circunstancias. Abraham, el patriarca judío, abandona de niño a su hijo Ismael con su madre en el desierto, y es Dios quien se apiada de sus gemidos y lo salva; y cuando se dispone a sacrificar a su hijo en un altar no está haciendo nada extraño entre las religiones, ni tampoco nada reprochable o los ojos del derecho romano, por ejemplo, que concede al pater el derecho sobre la vida y la muerte de los suyos.

Pero no es necesario remontarse a la historia: son millones los padres y las madres chinas que se han sometido durante décadas al gobierno comunista y han abandonado o sencillamente eliminado a niñas recién nacidas para cumplir la ley del hijo único. Y eso mismo se hacía en Grecia y Roma donde la exposición de niños (sobre todo niñas) era una práctica masiva, como siguió siéndolo por siglos en muchas partes de Europa. Por no hablar de las actuales y masivas prácticas de abortos que hacen manifiesta la debilidad del corazón y la conciencia del hombre para el aprecio de lo humano en sus formas más dependientes.

Pues bien, en un tiempo en el que moría un niño de cada tres antes de cumplir un año, y la mitad no cumplían los cinco años, o en el que se podían hacer matanzas de inocentes como la de Belén sin provocar ningún levantamiento, descubrir en un niño recién nacido toda la dignidad de lo humano requería de un aprendizaje cuya memoria y patrimonio sigue siendo para nosotros la Navidad. Hizo falta un Niño al que poder adorar para que los hombres apreciaran lo que de adorable hay en la infancia. Ese fue un regalo navideño del que todos los hombres de buena voluntad todavía disfrutan. Y algo parecido ocurrió con la maternidad. No hay exageración -al menos, eso creo- en decir que la invención de la infancia está vinculada a la Navidad, si por invención se entiende su sentido etimológico: descubrimiento o encuentro de lo que estaba cubierto, en este caso, bajo una dureza del corazón.

Seguramente por eso, ni la infancia ni la maternidad habían sido materia para que el arte las enalteciera, hasta que el cristianismo lo suscitó con una profusión y centralidad inaudita. En la Navidad tiene lugar, en su sentido literal y metafísico, una 'apoteosis' de la familia, es decir, un endiosamiento de lo familiar que san Francisco de Asís supo imaginar con la forma de un padre y una madre rodeados de bestias y arropando a un Niño que era la esperanza del hombre. La Navidad concentra todo ese patrimonio estético, moral, emotivo, jurídico y religioso que ha dado forma a nuestras sociedades y a nuestro corazón, y que ha descubierto la infancia como algo adorable.

 

La casa

Como es sabido, Ulises es famoso por las proezas que hizo para poder volver a Ítaca, su hogar. Aquiles en cambio sabía que si salía hacia la guerra no volvería vivo, aunque alcanzaría una gloria inmortal. Abraham y Moisés son famosos por haber salido de su casa. Y eso mismo hicieron José y María como exiliados perseguidos. Salir es signo de libertad; volver es lo que hacen los que no han sucumbido. Así que desde el principio de la historia cultural de Europa, las ideas de poder volver y seguir vivo están asociadas en un simbolismo no meramente imaginario.

Quienes no pueden volver están extraviados, cautivos o, en el mejor de los casos, impedidos por algún inconveniente. Pero no poder volver en absoluto, es no estar vivo. Les ocurrió a todos los compañeros de Ulises, ninguno de los cuales regresó. Y nos ocurrirá a todos, aunque entre tanto lo que inconscientemente esperamos cada vez que salimos es poder volver.

La Odisea es un catálogo de toda la clase de motivos por los que los hombres pueden perder el camino y no regresar: mujeres arrebatadoras, tormentas invencibles, artimañas de brujería, sirenas de inteligencia alucinógena, monstruos marinos, gigantes crueles y, sobre todo, los frutos de ‘meloso dulzor que, como las flores de loto, hacen perder la memoria. Y es que para Homero quien pierde los recuerdos pierde el camino de vuelta.

Los muertos homéricos han cruzado el río del olvido y han perdido todos sus recuerdos de manera que no saben quiénes son y, por eso mismo, no pueden regresar y están muertos. Por el contrario, no estar muerto es poder volver para contarlo, pues ambas cosas -volver y contarlo- son tanto como ser uno mismo y estar vivo. Sin embargo, a pesar de todas sus aventuras y heroicidades, si Ulises pudo volver fue porque le esperaban y no habían hundido su recuerdo en el olvido. Nada de cuanto hizo el héroe habría bastado si Penélope no hubiera preservado en pie el lugar al que se podía volver. La memoria del corazón no solo permite seguir el camino de vuelta, sino que mantiene en pie el lugar al que volver.

Como aquella mujer, lo hombres también tenemos que tejer la trama de los días y los años de nuestras vidas para verlos destejidos antes incluso de finalizada la jornada. Nada apenas quedaría sin ese reservorio de lo que somos compuesto por los recuerdos esenciales de la vida. Recuerdo procede del latín cor que significa corazón, porque recordar es regresar o sostener algo en el corazón, es decir, guardar y aguardar. Es curioso que esa sea la actitud más recurrente de entre las pocas que los Evangelios describen de María: guardaba en su corazón, es decir, consideraba sin olvidar.

Solo la memorable –y memoriosa- fidelidad de Penélope mantuvo abierto el lugar al que Ulises podía volver. Hoy los rigores de la corrección nos obligarían a decir que los papeles son intercambiables, y que también la espera de Ulises podría haber hecho posible la vuelta de Penélope. Pero eso es sencillamente irrelevante. Lo decisivo es que propiamente solo se puede volver al lugar abierto por disposiciones y relaciones incondicionales, que se sobreponen y persisten a través del tiempo y de las circunstancias. En realidad, solo se puede volver a casa; o, como dice Rafael Alvira, la casa es el lugar al que se vuelve. A los demás sitios se regresa o retorna, pero volver en sentido exacto solo se puede volver a casa.

Por eso, cuando James Joyce quiso hacer la parábola literaria del hombre contemporáneo escribió otra Odisea en la que a su protagonista, Leopold Bloom, su mujer le engaña durante sus ausencias. De manera que, sin lugar al que volver, el día –y la vida en realidad- se le convierte a Bloom en un errante vagabundeo por lugares a los que ha ido mil veces, pero a ninguno de los cuales puede volver en realidad.

Y es que sin lugar al que volver, sin casa, tampoco se tiene un lugar en el mundo desde el que se pueda volver a empezar, en su sentido más esencial. El sueño, el alimento, el baño y el abrigo de la casa son todos ellos necesidades diarias que tienen el resultado común de renovar al sujeto y reponer sus energías. Esa renovación es el efecto propio del hogar en sentido físico, aunque su efecto más genuino es la renovación interior del principio desde el que se puede volver a empezar. Pero eso solo es posible donde hay una determinación incondicional a acogernos de vuelta, sea cual sea nuestro quebranto.

De ahí esa cansina vejez interior que caracteriza al sujeto contemporáneo que, por otra parte, tan rendida veneración dedica a la juventud y lo juvenil. No poder volver es no tener en el mundo ese rincón de templanza, ni poder renovarse, condenado a vivir errante y sin refugio. Pero no se trata del desarraigo característico de la vida moderna en las megaciudades o del nomadismo cosmopolita en un mundo globalizado. También en esas circunstancias es posible tener un sitio al que volver porque no se trata de un mero lugar físico. Lo que nos deja sin sitio al que volver es nuestra incapacidad para dar crédito y hacer realidad lo incondicional en nuestras vidas, en nuestras lealtades y promesas, en nuestros ideales y, sobre todo, nuestra dificultad para imaginar un perdón y una compasión incondicional.

Ese desarraigo tiene su oasis en la Navidad, cuyo tiempo es la noche y cuya sede es la casa. Por eso la decoración y el cuidado de la casa es la expresión de una calor metafísico: que tenemos hogar en este mundo porque no es un mero destierro. Tener un sitio al que volver significa no estar del todo perdido, y permite decir aquello de Tolkien, “no todo errante anda perdido”. Ese es, me parece a mí, el sentido antropológico genuino de la Navidad: el renacimiento de todo y, más en particular, de cuantos tienen un lugar al que volver juntos y experimentar lo que hay de incondicional en sus vidas. Y ese es también, pero acrecentado hasta lo increíble, el sentido religioso de la Navidad: el nacimiento de un perdón y una misericordia incondicional que todo lo renueva y lo refunda en la vida de un recién nacido.

Un Niño sin casa donde nacer, pero que desde hace dos mil años ha hecho creer a millones de personas que -pese a su indecible dificultad- es posible prometer, amar y perdonar incondicionalmente, pues si bien este mundo es una odisea no pocas veces terrible, más allá también hay una casa a la que volver, la casa del Padre. Y es que los hombres solo podemos pensar el lugar de la dicha como el sitio al que volver.

 

Tesoros (regalos)

La lectura en voz alta de clásicos de la literatura infantil a un público expectante y exigente es, de entre las muchas y dichosas servidumbres de padre de familia numerosa, una de las que provoca tiempo después un recuerdo más agradecido. Los libros para niños –los buenos- esconden una seriedad que pone a prueba la madurez y el realismo de los adultos.

Por ejemplo, la saga de J. K. Rowling sobre las aventuras de Harry Potter brinda horas de emoción e intriga. Pero si las peripecias del joven mago y de sus amigos resultan tan fascinantes no es, me parece a mí, por la velocidad vertiginosa de sucesos que caracteriza la literatura y el cine contemporáneos, sino porque el mundo mágico de Potter no se limita a ser un orden paralelo del mundo real sino que lo infiltra de excepciones y prodigios.

                Es la unidad de ese universo de magos y de hombres el que sirve de metáfora comprensiva de la realidad y de la existencia humana. Efectivamente, hay caminos en la vida que como el tren de Howards, solo se pueden tomar si uno se lanza de cabeza contra un muro y se atreve con lo imposible; o personas que cuando hablan vuelven luminoso y profundo lo que dicen, o que con solo hablar resultan encantadoras, o te hacen sentir ligero y apenas tocando el suelo, mientras que otras nada más aparecer oscurecen los días y oprimen el pecho; hay lugares que uno ha mirado mil veces y nunca ha visto, o sucesos y personas que son verdaderas apariciones repentinas en el momento más precisado; hay gestos y dichos que despiertan todos nuestros temores, y otros que los apaciguan y nos consuelan.

                No es necesario creer en la existencia de brujas para saber que hay mujeres (y hombres) capaces de lo inimaginable. Por eso, los cuentos sobre ogros y brujas nos ayudan a no serlo y a reconocerlos. Y es que la realidad a secas contiene tantos prodigios que su recreación no estaría completa sin el relato fantástico. Hay en ese genuino ‘realismo mágico’ algo imprescindible para lograr el más escueto y sobrio realismo. Para comprenderlo hay que ser como los niños capaz de asombrarse: la realidad no es por sí misma tan escasa y anodina como nos proponen nuestros deseos despechados. Los adultos vivimos en una realidad recortada por nuestras decepciones y miedos. Y esa es en entre todas, la más grave escasez que padecemos.

          Por ejemplo, damos por hecho que no existen las islas del tesoro y que no merece la pena embarcarse en su búsqueda sin sospechar que la mitad del mapa que siempre falta señala lugares comunes que frecuentamos a diario. Todo camino empieza en la puerta de casa, también el que lleva al lugar más inesperado. Para encontrar tesoros hay que preguntarse por qué siempre están en islas en medio de océanos, y qué tienen que ver los tesoros con el mar y las islas, o con los desiertos y las cuevas, que son los otros lugares donde abundan.

El mar y el desierto son la geografía del tiempo. Allí nada permanece, todo fluye y cambia en un movimiento continuo que no permite construir nada ni erigir ninguna señal, ningún recuerdo. En el mar y en el desierto, a todo lo humano le ocurre de inmediato lo que en el mundo ocurrirá con el tiempo: el olvido. En cambio, las islas batidas por las olas furiosas, o las cuevas rocosas bajo las tempestades de arena son lo que permanece, lo que no sucumbe con el cambio. Por eso, son los lugares donde cabe buscar y encontrar tesoros que, como el oro y los dimanantes, se caracterizan por su inalterabilidad, por su resistencia al desgaste y al tiempo. Un tesoro es lo que permanece inalterable a través del tiempo y de los cambios de la vida y del corazón, más furiosos y destructivos incluso que las olas y las tempestades. Y eso es lo que los adultos no nos atrevemos a creer que exista, porque ya no tenemos ni el coraje ni la ilusión necesarios para buscarlos.

Y esa vida recortada por el desengañado cinismo que llamamos madurez se expresa indisimulable en nuestra incapacidad para regalar, pues hacerlo requiere ser rico y tener en abundancia en el exacto sentido de que hay que tener tesoros que entregar, es decir, amores y lealtades sin dimisión, fidelidades sostenidas, ideales que no se gastan y personas a las que adorar. No hay pobreza mayor que no tener nada que ofrecer. Pero si es así, entonces, merece más el título de tesoro lo que nos produce el deseo de regalar que lo que regalamos: regalar es tener un tesoro al que adornar, es decir, un motivo para vivir que apenas se expresa en lo que se regala. En realidad, el deseo de regalar es el movimiento más genuino del espíritu cuya naturaleza consiste, precisamente, en poder ponerse a sí mismo como contenido de la comunicación: simultáneamente ofrenda y oferente. Así que la generosidad no es una virtud, al menos no principalmente, es mucho más que eso: es la dinámica interna y constitutiva del espíritu.

Esa es la enseñanza que entrañan las tres figuras que atraviesan el desierto como navegantes guiados por una estrella y cargados de tesoros para regalar. Los Reyes Magos pasan por ser la historia más fantástica para niños, en la que la magia se vuelve la cordura que explica lo increíble de la realidad. Desde luego que aquellos tres hombres merecen el título de magos y de principales o de Reyes entre los sabios. Magos y sabios porque sus tesoros como todos los auténticos regalos sacan a la luz las maravillas ocultas en la realidad común, como el prodigio de la luz de cualquier rostro humano, o la mera existencia de alguien para quienes le aman, o lo literalmente adorable en el caso de aquel Niño en una casa pobre en una región sojuzgada de hace dos mil años.

Pero para tener tesoros que ofrecer hay que atravesar los desiertos y océanos de la vida cargando con su peso. Solo a su través nos convertimos en isla donde, a su vez, otros puedan buscar y encontrar los tesoros que buscan. Como los personajes de los relatos infantiles, todos somos buscadores de tesoros, aunque no sabremos hasta el final si para saquearlos o regalarlos, es decir, si para matar la inocencia como Herodes o venerarla como los tres Reyes Magos. Ellos cruzaron las mudanzas del mundo para adorar a un Niño, en el que aprendimos no solo qué es la infancia de los hombres, sino que ésta forma parte de Dios.

Saber regalar requiere una inclinación tan feliz y favorable hacia alguien que, como dijo Adorno, si no fuera posible regalar “quedarían precisados del regalo aquellos que no regalan. En ellos se arruinarían aquellas cualidades insustituibles que solo pueden desarrollarse sintiendo el calor de las cosas”. Está más incompleto el que regala sin el regalar que el destinatario sin el regalo. La Navidad es el tiempo dispuesto para no olvidar el calor de las cosas cuya realidad resplandeciente caldea el mundo, lo realmente real.

Si embargo, regalar requiere un último aprendizaje: el regalo no lo hace el que lo da sino el que lo acepta, pues antes de su aceptación no puede ser más que un ofrecimiento. Así que todo regalo para serlo ha de incluir la súplica de que sea aceptado. Por eso, es sabio hacerse como niños, para que se puedan ver con aprobación e indulgencia las imperfecciones y el escaso valor de lo que se ofrece y que, a pesar de todo, nuestro regalo llegue a su destino, a través de mares y desiertos, como los Reyes Magos.

 

    


 

 


10 comentarios:

  1. Gracias, maestro. Esto es verdaderamente un regalo navideño.

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  2. Se acepta con sumo agrado este regalo compartido por tantos. Sus escritos son como un pozo de cristalinas aguas que ayudan a surcar estos desiertos.

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  3. Muchas gracias, Higino, también para ti y los tuyos, que las restricciones no nos impidan encontrarnos en ese lugar al que se vuelve por Navidad.

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  4. Ya sabe, el regalo lo hace realidad el que lo acepta. Así que gracias también a Usted. ¡Feliz Navidad !

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